La naturaleza humana de Cristo continúa siendo objeto de debate en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Al menos tres líneas interpretativas se encuentran en discusión: 1) que Jesús poseyó la naturaleza de Adán antes del pecado (prelapsaria); 2) que pudo haber asumido la naturaleza de Adán después del pecado (postlapsaria), semejante a la nuestra;[1] y 3) que su naturaleza humana fue única. Oficialmente, nuestra iglesia rechaza las dos primeras interpretaciones, mientras que sus teólogos más representativos se inclinan por la tercera. En el libro Creencias de los adventistas se declara lo siguiente:
Así, “la humanidad de Cristo no fue la de Adán; esto es, la humanidad de Adán antes de su caída. Tampoco fue la humanidad caída, esto es, la humanidad de Adán después de la transgresión, en todos sus aspectos. No era la humanidad original de Adán, porque poseía las debilidades inocentes de los seres caídos. No era la humanidad caída, porque nunca había descendido a la impureza moral. Por lo tanto, era en el sentido más literal nuestra humanidad, pero sin pecado”.[2]
Una afirmación semejante aparece en el Tratado de teología adventista:
Su humanidad no correspondió a la humanidad de Adán antes de la caída, ni tampoco en todo a la humanidad de Adán después de la caída, porque las Escrituras describen la humanidad de Cristo como sin pecado. Concebido por el Espíritu Santo, su nacimiento fue sobrenatural (Mat. 1:20; Luc. 1:35), tanto es así que el ángel enviado por el Padre dijo a María que el niño “que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios” (Luc 1:35).[3]
En esta página abordaremos las siguientes preguntas: ¿Es el ser humano pecador por naturaleza, incluso desde el vientre materno, o solo después de cometer un pecado? ¿Qué clase de naturaleza humana poseyó Cristo cuando se encarnó? ¿Qué desafíos teológicos enfrentaría formalmente el adventismo si adoptara la perspectiva de que Cristo asumió una naturaleza humana caída?
I. ¿Somos pecadores por naturaleza o solo desde que hacemos algo malo?
Algunos sostienen que el pecado se manifiesta únicamente cuando realizamos una acción incorrecta o concebimos un pensamiento negativo; para ellos, el pecado no es un estado, sino una acción u omisión.[4] Incluso hay quienes afirman que poseer una naturaleza pecaminosa no constituye pecado en sí mismo.
¿Qué dice la Biblia al respecto? En primer lugar, las Escrituras muestran que tanto nuestras acciones como nuestros pensamientos pueden conducirnos al pecado; de hecho, la omisión de hacer el bien también puede considerarse pecado. Observemos los siguientes textos bíblicos:
- 1 Juan 3:4: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley”.
- Santiago 4:17: “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”.
- Mateo 5:28: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.
Estos textos muestran que una persona peca cuando realiza algo malo. Somos pecadores porque llevamos a cabo acciones o albergamos pensamientos incorrectos. Sin embargo, la Biblia también enseña que el ser humano es pecador por naturaleza, incluso desde el vientre materno. Para las Escrituras, el pecado es, además, un estado o una condición. No nos convertimos en pecadores únicamente cuando actuamos o pensamos mal; más bien, realizamos acciones negativas porque esa es nuestra condición intrínseca. Así lo evidencian los siguientes pasajes bíblicos:
- Salmo 51:5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”.
- Salmo 58:3: “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”.
- Romanos 7:14: “Porque sabemos que la ley es espiritual; más yo soy carnal, vendido al pecado”.
- 1 Juan 1:8: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”.
- Romanos 7:17-20: “De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí”.
Estos pasajes bíblicos ponen de manifiesto nuestra condición pecaminosa desde el momento en que venimos al mundo, incluso desde el vientre materno. De este modo, destacan una verdad universal: toda persona que nace en este mundo posee una naturaleza inclinada al pecado, es decir, una tendencia heredada hacia el mal. Esta predisposición, conocida como “concupiscencia”, es una realidad compartida por todos. Su influencia es tan poderosa que incluso el apóstol Pablo, como expresa en Romanos 7, reconoce su lucha interior: desea hacer el bien, pero se siente incapaz de realizarlo.
Por lo tanto, el pecado no se limita a una acción o a un pensamiento; también constituye un estado o una condición. Esto explicaría, por ejemplo, las órdenes divinas en el Antiguo Testamento de erradicar naciones enteras, incluidas mujeres y niños. ¿Por qué? Porque, desde su nacimiento, los niños heredaban las inclinaciones y tendencias al mal de sus padres y, de habérseles permitido vivir, habrían perpetuado esa maldad.
En síntesis, el pecado actúa como un “virus” que afecta integralmente al ser humano en sus dimensiones física, mental, emocional y espiritual. Desde nuestro nacimiento, todo nuestro ser queda afectado por el pecado.
Dado que nacemos con una naturaleza pecaminosa desde el vientre materno, resulta indispensable experimentar el nuevo nacimiento, simbolizado por el bautismo, para ser transformados. Puesto que el pecado es un estado y no se limita a acciones o pensamientos individuales, Jesucristo enfatiza en Juan 3:3 la necesidad de nacer de nuevo. Como nacemos en pecado y estamos sujetos a su dominio, necesitamos este renacimiento para ser liberados de su poder. Si no naciéramos con esa inclinación pecaminosa, ¿qué propósito tendría el nuevo nacimiento?
Puesto que la tendencia al mal se transmite naturalmente de padres a hijos, la concepción de Cristo en el vientre de María ocurrió de manera sobrenatural por obra del Espíritu Santo (Luc. 1:35; Mat. 1:20). De lo contrario, si su nacimiento hubiese sido natural como el nuestro, Jesús habría compartido nuestra misma naturaleza pecaminosa.
Ahora bien, si consideramos que una persona se vuelve pecadora solo cuando realiza una acción o concibe un pensamiento malo, surgen varias preguntas: ¿qué naturaleza posee antes de ese momento? ¿Cómo es posible que no sea considerada pecadora durante ese período intermedio?
Por consiguiente, la idea de que el pecado es solamente una acción o un pensamiento, y no también un estado, carece de fundamento bíblico. Las Escrituras muestran claramente que, desde el vientre materno, poseemos una inclinación hacia el mal o somos pecadores por naturaleza. Un niño no necesita cometer una acción pecaminosa para ser considerado pecador; ya lo es por naturaleza.
II. ¿Qué naturaleza humana tuvo Cristo?
Como se señaló en la introducción, dentro del adventismo se debaten tres propuestas principales acerca de la naturaleza humana de Cristo: 1) la prelapsaria, que corresponde a la naturaleza de Adán antes del pecado; 2) la postlapsaria, que describe la condición de Adán después de pecar y que se considera semejante a la naturaleza humana actual; y 3) la perspectiva según la cual la naturaleza humana de Cristo fue completamente singular. Por lo general, quienes favorecen la segunda propuesta tienden al perfeccionismo y aceptan la Teología de la Última Generación (TUG), la cual carece de sustento bíblico. En este sitio adoptamos la tercera perspectiva. Aunque entre los feligreses adventistas existen personas que se inclinan por la primera o por la segunda postura, formalmente el adventismo rechaza ambas.
¿Cuál fue, entonces, la naturaleza humana de Cristo? En primer lugar, es importante señalar que Cristo no poseyó una naturaleza prelapsaria por una razón fundamental: experimentó los efectos pasivos del pecado. Por ejemplo, tuvo hambre y sed (Mt 4:2; Jn 19:28-29), experiencias que Adán y Eva no conocieron antes de pecar. Durante su vida terrenal, Cristo enfrentó tempestades (Mt 8:23-27), el calor abrasador del desierto y otros desafíos semejantes. De acuerdo con Génesis 1 y 2, Adán y Eva no experimentaron esos efectos antes de la caída. Si Cristo hubiese poseído una naturaleza humana prelapsaria, no habría sentido hambre ni sed.
Entonces, ¿poseyó Cristo la misma naturaleza que Adán y Eva después del pecado? Tampoco, pues, de haber sido así, habría sido considerado “pecador” o habría poseído una naturaleza pecaminosa. Todo ser humano que nace con una naturaleza postlapsaria es pecador por naturaleza, se encuentra bajo el poder del pecado y experimenta sus efectos activos, entre ellos las inclinaciones hacia el mal, la rebeldía y la desobediencia. Esto se evidencia en Romanos 5:12, que afirma: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”.
Si Cristo hubiese compartido una naturaleza idéntica a la nuestra, habría pecado. ¿No resulta esto evidente? Si una persona X posee la misma naturaleza que una persona Y, ¿no esperaríamos de Y las mismas acciones que de X? Si Cristo hubiese compartido nuestra naturaleza, la afirmación de Romanos 8:3 no se habría cumplido: ‘[Cristo] condenó al pecado en la carne’. ¿Cómo podría haber condenado el pecado en la carne si hubiera poseído una naturaleza pecaminosa idéntica a la nuestra?
Si el Señor Jesús hubiese compartido nuestra misma naturaleza pecaminosa y hubiera estado bajo el poder del pecado, habría necesitado un “salvador”. ¿Puede salvarnos alguien que comparte esa misma condición pecaminosa? Claramente no, como señala Pablo en Romanos 3. En el versículo 9, por ejemplo, pregunta: “¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado”. Dado que todos nacen con una naturaleza pecaminosa y están “bajo pecado”, resulta evidente que “no hay justo, ni siquiera uno…” (v. 10), “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (v. 12, énfasis añadido).
Puesto que todos los seres humanos nacen con una naturaleza pecaminosa y están inclinados hacia el mal, Pablo concluye el capítulo afirmando que necesitamos un Salvador: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (v. 24, énfasis añadido). El autor de Romanos deja claro que todo ser humano es pecador por naturaleza o por su inclinación hacia el mal y, por lo tanto, necesita un Salvador. ¿Cómo podría salvarnos alguien que compartiera nuestra misma naturaleza pecaminosa?
Si Cristo hubiese compartido nuestra misma naturaleza pecaminosa, no habría podido ofrecerse como sacrificio en la cruz. Para ser una ofrenda perfecta, debía ser sin mancha; sin embargo, con una naturaleza pecaminosa, la perfección habría sido inalcanzable y su sacrificio no habría podido purificar a nadie mediante su sangre. Pedro fue claro al respecto: “Sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped 1:19).
Asimismo, si Cristo hubiese asumido nuestra naturaleza caída, ¿cómo habría podido el Dios santo encarnarse en una naturaleza corrupta y contaminada por el pecado? ¿Puede la santidad divina coexistir con el pecado? Juan declara explícitamente en 1 Juan 3:5 que en Cristo “no hay pecado”.
Entonces, ¿qué quiso decir Pablo en Romanos 8:3 cuando escribió: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne?”. Para comprender este pasaje y lo afirmado en Hebreos 2:17, es necesario distinguir entre los efectos pasivos del pecado y la naturaleza pecaminosa. Cuando Pablo habló de “en semejanza de carne de pecado”, se refirió a los efectos pasivos del pecado que Cristo experimentó durante su encarnación: tuvo hambre (Mt 4:2), sed (Jn 19:28-29) y sufrió agonía cuando fue golpeado y crucificado (Lc 22:44), entre otras experiencias. Sin embargo, no poseyó la naturaleza pecaminosa ni la inclinación hacia el mal que nosotros tenemos.
Continuemos con la expresión “en semejanza de carne de pecado”. Recordemos que lo “semejante” no es “igual”. Con el propósito de comprender mejor Romanos 8:3 y Hebreos 2:17, Dupertuis establece una distinción muy interesante entre ambas palabras.[5] “Igual” proviene del griego isos y se emplea, por ejemplo, en Juan 5:18, donde los judíos cuestionaron que Jesús estuviera “haciéndose igual a Dios” (la cursiva es para énfasis). Por su parte, “semejante” proviene del griego homoioma (término usado en Ro 8:3 y Heb 2:17).
En el Nuevo Testamento, por ejemplo, este término aparece en Santiago 3:9, donde se afirma que el ser humano fue hecho “a la semejanza de Dios” (la cursiva es para énfasis); asimismo, Apocalipsis 9:7 emplea la misma palabra: “el aspecto de las langostas era semejante a caballos” (la cursiva es para énfasis). Dupertuis considera fundamental esta distinción porque, al utilizar la palabra “semejante”, los griegos “admitía [n] alguna diferencia”.[6] Él concluye: “Jesús era igual, isos, a Dios y en todo semejante, homoioma, a sus hermanos […] —sobre Hebreos 2:17— No dice que Jesús fue en todo igual, idéntico a sus hermanos, pero sí en todo semejante”.[7]
En las Escrituras, cuando se relaciona a Cristo con el Padre, suele emplearse la palabra “igual”; en cambio, cuando se lo relaciona con el ser humano, se utiliza la palabra “semejante”. Resulta significativo que, para el erudito Thomas Schreiner, la palabra “semejanza”, en sí, “subraya la identidad entre Jesús y la carne pecaminosa, pero al mismo tiempo sugiere que él es único”.[8]
Entonces, ¿qué diferencia a Cristo encarnado de nosotros? La respuesta es sencilla: además de ser Dios, tuvo una concepción sobrenatural. Nosotros, simples mortales y pecadores por naturaleza, ¿poseemos esa misma singularidad como para compararnos con Él? Evidentemente, no. El Señor Jesús tuvo una naturaleza humana única. Las palabras de Dupertuis lo expresan con claridad: “Así como Adán fue único, el hombre creado por Dios del polvo de la tierra, sin padre ni madre humanos, también Jesús fue único: el único ser concebido en una mujer por el Espíritu Santo”.[9]
¿Qué habría ocurrido si el Señor Jesús hubiese nacido en las mismas condiciones que nosotros? Naturalmente, habría heredado de José y María las tendencias al mal. En consecuencia, habría poseído una naturaleza pecaminosa y habría terminado por pecar, lo que habría impedido la realización del plan de salvación.
Para concluir esta sección, deseo abordar la siguiente pregunta: ¿tuvo Cristo alguna ventaja para vencer el pecado por no haber compartido nuestra misma naturaleza humana? Considero que no, por las siguientes dos razones:
- Como Dios encarnado, Cristo habría podido aprovechar fácilmente su divinidad para sus propios fines. De hecho, Satanás intentó tentarlo precisamente para que recurriera a ella. Esto se observa con claridad en las tres tentaciones principales registradas en Mateo 4. En cada una, el enemigo no se concentró tanto en la humanidad de Cristo como en su divinidad. Por ejemplo, en dos ocasiones Satanás le dijo a nuestro Señor “si eres el Hijo de Dios”, y en la tercera lo instó a postrarse ante él. El enemigo quería que Jesucristo utilizara su divinidad para apartarse del plan de salvación. Conviene destacar que estas tentaciones, centradas en su divinidad, continuaron incluso en la cruz. Recordemos las palabras dirigidas a Cristo mientras era crucificado: “Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mat 27:40).
- A pesar de ser Dios hecho hombre, Cristo experimentó los efectos pasivos del pecado. Aunque era divino, después de ayunar durante 40 días sintió hambre. ¿Podría haber pecado al encontrarse hambriento tras tanto tiempo sin comer? Sin duda. ¿Podría considerarse una ventaja el hecho de que, siendo Dios, tuviera poder para convertir las piedras en pan y saciar su hambre? Solo habría sido una ventaja si, después de esos 40 días, no hubiese sentido hambre; sin embargo, la sintió. Aun así, resistió la tentación y no comió.
Entonces, ¿constituía una ventaja ser Dios, venir a la tierra, encarnarse, experimentar los efectos del pecado y ser tentado constantemente por Satanás para que utilizara su poder? Considero que Cristo no tuvo ventaja alguna. Fue maltratado y crucificado. ¿De qué ventajas podríamos hablar, entonces?
III. Elena de White y la naturaleza divino-humana de Cristo
Elena G. de White sostuvo una comprensión de la naturaleza humana de Cristo semejante a la que presentan las Escrituras. Por un lado, indicó que Él fue semejante a nosotros y experimentó los efectos pasivos del pecado. Esto se evidencia en las siguientes declaraciones:
“Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado”.[10]
“Durante cuatro mil años, la familia humana había estado perdiendo fuerza física y mental, así como valor moral; y Cristo tomó sobre sí las flaquezas de la humanidad degenerada. Únicamente así podía rescatar al hombre de las profundidades de su degradación”.[11]
“Sin pecado y exaltado por la naturaleza, el Hijo de Dios consintió en tomar las vestiduras de la humanidad para hacerse uno con la raza caída”.[12]
“Fue el mandato de Dios que Cristo tomara sobre sí la forma y la naturaleza del hombre caído”.[13]
A partir de estas afirmaciones, podemos concluir que ella creía que: 1) Jesús se encarnó en una humanidad debilitada, caída y degenerada; 2) experimentó los efectos pasivos del pecado; 3) fue tentado en todo, como nosotros; 4) compartió nuestras penas; 5) es nuestro ejemplo; y 6) su naturaleza fue sin pecado.[14]
Por otro lado, enfatizó que Jesucristo no tuvo una naturaleza humana caída como la nuestra. Leamos:
“‘El Santo que nacerá será llamado Hijo de Dios’” (Luc 1:35). ‘El niño que se ha engendrado en ella [en María] es del Espíritu Santo’ (Mat 1:20). Fue engendrado por el Padre a través del Espíritu Santo. Por consiguiente, su naturaleza espiritual fue impecable, sin mancha, sin tendencia al mal. ‘Su naturaleza espiritual estaba libre de toda mancha de pecado’”.[15]
“El iba a ocupar su posición a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza pero no la pecaminosidad del hombre”.[16]
“No debe haber la menor duda en cuanto a la perfecta libertad de pecaminosidad en la naturaleza humana de Cristo”.[17]
“Sed cuidadosos, sumamente cuidadosos en la forma en que os ocupáis de la naturaleza de Cristo. No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado. Él es el segundo Adán. El primer Adán fue creado como un ser puro y sin pecado, sin mancha de pecado sobre él, era la imagen de Dios. Podía caer, y cayó por la transgresión… Por causa del pecado su posteridad nació con tendencias inherentes a la desobediencia. Pero Jesucristo era el unigénito Hijo de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana, y fue tentado en todo sentido como es tentada la naturaleza humana. Podría haber pecado, podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal. Fue asediado por las tentaciones en el desierto, como lo fue Adán por las tentaciones en el Edén”.[18]
“Cristo no poseía la misma deslealtad pecaminosa, corrupta y caída que nosotros poseemos, porque en ese caso no podría ser una ofrenda perfecta”.[19]
“Pero que cada ser humano permanezca en guardia par que no haga a Cristo completamente humano, como uno de nosotros, porque esto no puede ser… Nunca dejéis en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción. Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin embargo él es llamado ‘el Santo ser’”.[20]
“No es correcto decir, como muchos escritores han dicho, que Cristo era como todos los niños. […] El era Dios en carne humana. Cuando sus compañeros lo tentaron a hacer el mal, la divinidad se reflejó en la humanidad, y se negó decididamente”.[21]
¿Qué afirmaba la Sra. White en estas declaraciones acerca de la naturaleza humana de Cristo? Que: 1) la concepción de Jesús fue obra del Espíritu Santo; 2) Él poseyó una naturaleza espiritual impecable, sin mancha de pecado; 3) no tuvo tendencias al mal; 4) tomó nuestra naturaleza, pero no nuestra pecaminosidad, pues estuvo libre de ella; 5) al hablar de Cristo, debemos dejar claro que no tuvo tendencias al pecado; 6) precisamente por no poseer una naturaleza pecaminosa, pudo ser la ofrenda perfecta; 7) no fue igual a nosotros; y 8) es el Santo Ser y Dios encarnado.
A modo de conclusión, White tuvo una comprensión bíblica de la humanidad de Cristo y la expresó con claridad. No equiparó la naturaleza humana de Cristo con la nuestra ni con la naturaleza de Adán antes del pecado. Considero que también se inclinó por la tercera línea interpretativa mencionada en la Introducción. El Tratado de teología adventista comparte esta misma comprensión de las Escrituras y de White, al declarar: “Tomó la naturaleza humana en su condición caída con sus debilidades y riesgos y llevando las consecuencias del pecado, pero no su pecaminosidad”.[22]
IV. ¿Qué ocurriría si aceptáramos la premisa de una naturaleza humana caída en Cristo?
Aceptar una naturaleza postlapsaria en Cristo plantearía más problemas que soluciones. A continuación, presento tres de ellos:
- Adoptar la noción de una naturaleza postlapsaria en Cristo conduciría a una comprensión errónea de la salvación. Podría desplazar el énfasis hacia una salvación basada en las obras, en lugar de la salvación por la fe. Además, observo que quienes respaldan la TUG suelen utilizar la supuesta “naturaleza humana caída de Cristo” para justificar la idea de que la última generación podrá obedecer perfectamente la ley. De hecho, algunos han sugerido que los 144.000 tendrán la capacidad de vindicar cósmicamente el carácter de Dios, cuando, en realidad, solo Cristo pudo hacerlo.
Nunca debemos olvidar que la salvación es y siempre será por la fe y mediante la gracia de Dios. Por ello, Cristo afirmó con claridad: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). Siempre necesitaremos el poder divino para experimentar la salvación. Por esta razón, nuestro Maestro también declaró: “Porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15:5).
La idea de un período de una moralidad impecable antes de la segunda venida es antibíblica, pues las Escrituras no hacen referencia alguna a tal concepto. Según la Biblia, nuestra naturaleza pecaminosa será transformada en un cuerpo incorruptible únicamente en la segunda venida de Cristo, como lo confirma 1 Corintios 15:51-54.
Para concluir esta sección, quiero enfatizar que Cristo no es solo nuestro modelo, sino, ante todo, nuestro Salvador. Puesto que somos pecadores por naturaleza, la mayor necesidad de todo ser humano es un Redentor. La idea de la “naturaleza humana caída de Cristo” puede parecer útil para justificar el perfeccionismo, porque reduce al Salvador a un simple ejemplo alcanzable por imitación, especialmente si se afirma que su naturaleza humana fue igual a la nuestra. Sin embargo, esta perspectiva afecta profundamente la obra de salvación que Él realiza en nosotros y contradice el propósito que Él, junto con el Padre y el Espíritu, planificó desde la eternidad. Incluso para los 144.000, el Señor Jesús seguirá siendo su único Salvador. Resulta pertinente la siguiente reflexión de Roy Adams: “Y en realidad, ¿qué necesitábamos más un ejemplo o un Salvador? Para mí, un Salvador. Doy gracias a Dios con todo mi corazón por enviarlo como mi ejemplo, ¡pero agradezco aún más a Dios por enviarlo como mi Salvador!”.[23] - Se malinterpretaría la naturaleza divino-humana de Cristo. En las últimas décadas, la comprensión de la cristología en nuestra iglesia ha avanzado. Aceptar que Cristo tuvo una naturaleza humana caída representaría un retroceso. Sin duda, su naturaleza divino-humana es un misterio, y necesitaremos la eternidad y la explicación divina para comprenderla plenamente. Sin embargo, contamos con la revelación de las Escrituras, que nos proporciona una comprensión básica y limitada de la encarnación del Señor Jesús.[24]
La idea de que Cristo tuvo nuestra misma naturaleza pecaminosa contradice la cristología bíblica. Si Cristo hubiese sido igual a nosotros en ese sentido, habría necesitado un Salvador. Si hubiera poseído nuestra naturaleza pecaminosa, no habría podido morir en la cruz, pues, para ser una ofrenda, debía ser perfecto; esto afectaría claramente la verdad bíblica del santuario. Además, si el Señor Jesús hubiese compartido nuestra naturaleza, ¿qué significado tendría su concepción sobrenatural? ¿De qué serviría una concepción virginal si, al final, habría nacido con la misma naturaleza que nosotros? Asimismo, ¿cómo interpretaríamos Hebreos 7:26, donde se describe a Jesús como “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos?”. Es difícil imaginar cómo alguien que defiende la TUG y atribuye a Cristo una naturaleza pecaminosa podría considerarse a sí mismo “santo”, “inocente”, “sin mancha” (¡atención, sin mancha!), “apartado de los pecadores” y “más sublime que los cielos”. - Nos llevaría a concluir que Jesús necesitaba un Salvador. En el siglo XIX d. C., específicamente en la década de 1820, Edward Irving, teólogo escocés, propagó la idea de que Cristo tuvo una naturaleza humana caída como la nuestra. Más tarde, Waggoner y Jones, y posteriormente Andreasen, se apoyaron en esta concepción. ¿A qué conclusión podía conducir semejante premisa? A sostener que Jesucristo murió para redimir su propia naturaleza pecaminosa. Desde la perspectiva de Irving, Jesús habría necesitado un Salvador debido a esa supuesta naturaleza pecaminosa; en definitiva, se habría salvado a sí mismo.[25]
Es prudente rechazar la noción de que Cristo habría poseído una naturaleza pecaminosa igual a la nuestra. Insisto en que esta interpretación genera más problemas que soluciones. Si queremos mantener nuestra mirada diaria en Cristo como Salvador y Modelo, debemos evitar caer en tales ideas. Satanás procura desviar nuestra atención hacia nuestras propias obras como medio de salvación, y no debemos permitírselo.
Conclusión
La naturaleza humana de Cristo fue única y no se asemejó plenamente ni a la de Adán y Eva antes del pecado ni a la de ellos después del pecado. Su nacimiento sobrenatural, obra del Espíritu Santo, no le otorgó ventaja alguna, pues fue tentado con una intensidad que nosotros no hemos experimentado.
Aunque el Señor Jesús experimentó los efectos del pecado, como el hambre y la sed, no poseyó las inclinaciones al mal que nosotros tenemos. Por lo tanto, no es correcto afirmar que tuvo nuestra misma naturaleza; esta idea no solo carece de fundamento bíblico, sino que contradice las Escrituras.
Tanto la Biblia como las enseñanzas de Elena G. de White coinciden y son claras respecto de la naturaleza humana de Cristo.
Referencias:
[1]La interpretación de que Jesús tuvo una naturaleza humana idéntica a la nuestra posiblemente sirvió como fundamento para la Teología de la Última Generación (TUG), concebida por Milian Andreasen, quien se basó en las ideas de E. J. Waggoner. Este concepto ha sido seguido por teólogos adventistas como Herbert Douglas, Mervyn Maxwell, Stephen Bohr, Kevin Paulsen, entre otros. Para una exploración más profunda de la TUG y una evaluación de sus argumentos antibíblicos, se recomienda consultar Jiří Moskala y John Peckham, ed., God’s Character and the Last Generation (Nampa, ID: Pacific Press, 2018). En español: El carácter de Dios y la última generación (Doral, FL: Inter-American Division Publishing Association, 2022); Ángel M. Rodríguez, “Theology of the Last Generation: A Chapter in Adventist Theological Discussions”, en Al Aire del Espíritu: Festschrift al Dr. Roberto Badenas, ed. Ramón C. Gelabert y Víctor Armenteros (Libertador San Martín: Universidad Adventista del Plata, 2013), 199-213. Una versión ampliada y en español: “M. L. Andreasen, Elena G. de White y la teología de la última generación”, en El don de profecía y el ministerio de Elena G. de White, ed. Denis Kaiser, S. Yeury Ferreira y Joel Iparraguirre (Manhasset, NY: Greater New York Conference of Seventh-day Adventists – Ministerios Hispanos, 2021), 155-181; George Knight, End-Time Events and The Last Generation: The Explosive 1950s (Nampa, ID: Pacific Press, 2018); Reinder Bruinsma, In All Humility: Saying No to Last Generation Theology (Westlake Village, CA: Oak&Acorn, 2018); Héctor Delgado, La última generación: ¿Cuál es el papel que desempeñarán los santos en el tiempo del fin? (Bronx, NY: Grafe, 2023); Félix H. Cortez, “Perfection is a Process of Constant Growth in Christ”, Perspective Digest, July, 2023; ibid., “La teología de la última generación”, YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=DTfG60UBvjU (consultado: 3 de noviembre, 2023); Alberto Timm, “La teología de la última generación”, YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=6KOroav4G7Y (consultado: 3 de noviembre, 2023).
[2]Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, trad. Miguel A. Valdivia y Armando Collins (Buenos Aires, Argentina: Asoc. Casa Editora Sudamericana, 2007), 53.
[3]Raoul Dederen, “Cristo: Su persona y obra”, en Tratado de teología adventista del séptimo día, ed. Raoul Dederen, trad. Aldo Orrego (Buenos Aires, Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2010), 187.
[4]En el siglo IV d.C., Pelagio fue quien presentó la idea de que el ser humano no es pecador por naturaleza. Además, sostenía que el hombre tenía la capacidad de obedecer perfectamente la ley de Dios y vivir sin pecado.
[5]Atilio R. Dupertuis, Carpintero divino: La persona y la obra de Cristo (Berrien Springs, MI: Pioneer Publications, 1991), 75-76.
[6]Ibid., 76.
[7]Ibid.
[8]Romans, en Baker Exegetical Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1998), 403.
[9]Dupertuis, 71-72.
[10]Deseado de todas las gentes (Washington, DC: Ellen G. White Estate, Inc., 2012), 31.
[11]Ibid.
[12]“The Plan of Salvation”, Signs of the Times, 20 de febrero de 1893, 247.
[13]Spiritual Gifts (Washington, DC: Review and Herald, 1945), 4:115.
[14]Hay declaraciones en las que ella aparentemente se refiere a que Cristo asumió una naturaleza humana caída; sin embargo, es evidente que tenía en mente, más bien, los efectos pasivos del pecado. Léase también lo que escribió: “vestido con las vestiduras de la humanidad, el Hijo de Dios bajó al nivel de aquellos a quienes deseaba salvar […]. Él tomó sobre sí nuestra naturaleza pecaminosa” (Elena de White, “The Uplifted Saviour”, The Review and Herald, 15 de diciembre de 1896).
[15]Signs of the Times, 12 de septiembre, 1897.
[16]Signs of the Times, 29 de mayo, 1901.
[17]Manuscripts Release 201, 117.
[18]Carta 8, 1895.
[19]Manuscrito 94 (1893).
[20]Francis Nichol, ed., Comentario bíblico adventista, trad. Víctor Ampuero (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 5:1103.
[21]“And the Grace of God was upon Him”, Youth’s Instructor, 8 de setiembre de 1898, 704-705.
[22]Dederen, 187.
[23]La naturaleza de Cristo, trad. Félix Cortés (Doral, FL: Asociación Publicadora Interamericana, 2009), 96.
[24]Ver Alberto Timm, “Cristología Adventista del Séptimo Día, 1844-2007: Un breve panorama histórico”, en Cristología, ed. Heber Pinheiro, et al. (Cochabamba, Bolivia: Editorial UAB, 2009), 261-286. Una versión ampliada de este artículo, está en “Cristología adventista del séptimo día, 1844-2013: Una breve reseña histórica”, en Legado adventista: Un panorama histórico y teológico del adventismo, ed. Alberto Timm, et al. (Lima: Ediciones Universidad Peruana Unión, 2013), 109-144.
[25]Alex. B. Bruce, The Humiliation of Christ in its Physical, Ethical, and Official Aspects (Edinburgh: T. & T. Clark, 1881), 253;
Corrección e imagen de portada: ChatGPT.




