Principalmente, la TUG tiene cuatro fundamentos doctrinales, aunque algunos podrían sugerir más o menos. Estos son: 1) Cristo tuvo una naturaleza humana pecaminosa igual a la nuestra; 2) el pecado solo puede definirse como una transgresión o un acto, no como un estado o condición; 3) la vindicación cósmica únicamente será completada con el perfeccionismo de los 144.000; y 4) la perfección que experimentarán los 144.000 es impecabilidad moral, lo que refuerza la idea de salvación por fe más obras.
Ahora, es necesario conocer qué dice en realidad la Palabra de Dios sobre los fundamentos de la TUG. Aquí, desde la perspectiva bíblica, abordaremos: a) la naturaleza humana de Cristo; b) la naturaleza del pecado; c) la vindicación completada en la cruz; y d) la perfección cristiana. Como se verá, los adherentes de la TUG tienen una comprensión errónea de estas cuatro verdades.
1. La naturaleza humana de Cristo
Según las Escrituras, el Hijo de Dios vino a nuestro planeta y se encarnó (Juan 1:1, 14, 18). Desde su encarnación, Él tiene una naturaleza divino-humana (1 Tim. 2:5); si bien es cierto que se encarnó, nunca dejó de ser Dios ni perdió su divinidad (Col. 2:9). Ahora, la pregunta que muchos se han planteado, y a la que las Escrituras sí proveen respuesta, es la siguiente: en su primera venida, ¿tuvo Él la naturaleza humana de Adán antes de pecar o la de Adán después de pecar?
Para los partidarios de la TUG, Cristo tuvo una naturaleza humana caída como la nuestra, que incluye las inclinaciones al mal. El problema es el siguiente: cuando uno lee la Palabra de Dios, ella refiere exactamente lo contrario.
Primero, decir que Cristo tuvo una naturaleza humana caída significa concluir que Él fue igual a nosotros. Sin embargo, cuando en el Nuevo Testamento (NT) se relaciona a Jesucristo con el ser humano, nunca se utiliza la palabra “igual”, “en forma de” o “imagen de”; al contrario, siempre se utiliza la palabra “semejante”; y en griego, lo semejante no es igual, porque admite alguna diferencia. Para sustentarlo, léase los siguientes textos:[1]
“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Rom. 8:3).
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:5-7)
“Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Heb. 2:17).
“No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15).
Por su parte, cuando se relaciona a Cristo con el Padre, por su igualdad, sí se mencionan las expresiones “en forma de”, “imagen de” o “ser igual a”. Por ejemplo:
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse” (Fil. 2:5-6).
“Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col. 1:15).
“Él, que es el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia…” (Heb. 1:3).
“Por esto los judíos aún más intentaban matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Juan 5:18).
Evidentemente, el NT no presenta al Señor Jesucristo igual a nosotros, sino semejante, porque hay diferencia entre Él y el ser humano. La pregunta es: ¿en qué podríamos diferenciarnos Él y nosotros? Evidentemente, Él es el Dios encarnado, no nosotros; Él es inmortal, nosotros somos mortales. Sin embargo, es interesante lo que presentan Hebreos 7:26 y 4:15. Léase:
“Tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26).
“No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15)
Por una parte, Hebreos 7:26 revela virtudes y cualidades morales de Cristo que evidencian una naturaleza humana única y diferente a la nuestra. ¿A qué ser humano con naturaleza pecaminosa se lo puede llamar “santo, inocente, sin mancha y hecho más sublime que los cielos”? Las expresiones “sin mancha” y “hecho más sublime que los cielos” revelan que Cristo, aun siendo divino y humano y estando entre nosotros, era único, semejante a nosotros, pero no igual. ¿Por qué motivo? Porque no tenía naturaleza pecaminosa. Y, al no tener una naturaleza pecaminosa como la nuestra ni ser igual a nosotros, Pablo lo presenta como “apartado de los pecadores”; dicho de otro modo, no es como los pecadores. Aquí, una vez más, el apóstol presenta a Cristo como semejante al ser humano, pero no igual.
Por otra parte, Hebreos 4:15 enseña que Cristo es semejante a nosotros, no igual a nosotros. ¿Cuál podría ser una de las razones? Lo menciona en la última parte del versículo: “pero sin pecado”. Esta expresión podría referirse a que nunca pecó y, a la luz de Hebreos 7:26 y del pensamiento paulino, a que nunca tuvo inclinaciones al mal.
Si Cristo hubiese tenido una naturaleza pecaminosa, no habría llegado a ser una ofrenda perfecta. Pedro fue claro al respecto: “Sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). Si no tuvo mancha alguna ni contaminación, ¿cómo es que habría tenido una naturaleza corrompida y pecaminosa? Por ello, su nacimiento fue sobrenatural, obra exclusiva del Espíritu Santo. ¿Y por qué tuvo que intervenir el Espíritu? Porque en María se iba a concebir “el Santo”, el mismo “Hijo de Dios”, quien no debía heredar las inclinaciones al mal. Gracias a esa concepción sobrenatural, el Señor Jesucristo no heredó la pecaminosidad de María.
Sostener que Cristo tuvo una naturaleza pecaminosa lleva a preguntarse lo siguiente:
- ¿Cómo debemos entender los textos bíblicos que revelan que Cristo poseyó una naturaleza humana única?
- ¿Podría afirmarse que Dios encarnado asumió una naturaleza pecaminosa, inclinada al mal?
- ¿Es posible concebir a Cristo con inclinaciones pecaminosas y, por consiguiente, con malos pensamientos?
- Si Jesucristo hubiera tenido inclinaciones al mal, ¿habría necesitado un Salvador? Y, debido a esa supuesta naturaleza pecaminosa, ¿habría tenido que expiarse a sí mismo en la cruz?
- ¿Necesitaba Cristo poseer una naturaleza pecaminosa para obedecer al Padre y ser nuestro modelo? ¿Acaso el pecado constituye un requisito previo para obedecer perfectamente al Creador?
- A la luz de Romanos 7:14-17, ¿se podría concluir que tener inclinaciones al mal no sería pecado ni llevaría automáticamente a equivocarse?
- Si Cristo tuvo una naturaleza humana pecaminosa como la nuestra, ¿quiere decir que Él habría tenido la misma experiencia que tuvo Pablo en Romanos 7:14-24?
- Si Jesucristo tuvo una naturaleza pecaminosa como la nuestra, ¿pudo haber sido una ofrenda perfecta?
¿Qué dijo Elena de White sobre la naturaleza divino-humana de Cristo? ¿Se inclinó ella por una naturaleza prelapsaria, poslapsaria o, tal vez, única? Léase:
“El Santo que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Luc 1:35). ‘El niño que se ha engendrado en ella [en María] es del Espíritu Santo’ (Mat 1:20). Fue engendrado por el Padre a través del Espíritu Santo. Por consiguiente, su naturaleza espiritual fue impecable, sin mancha, sin tendencia al mal. ‘Su naturaleza espiritual estaba libre de toda mancha de pecado”.[2]
“No debe haber la menor duda en cuanto a la perfecta libertad de pecaminosidad en la naturaleza humana de Cristo”.[3]
“Sed cuidadosos, sumamente cuidadosos en la forma en que os ocupáis de la naturaleza de Cristo. No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado. Él es el segundo Adán. El primer Adán fue creado como un ser puro y sin pecado, sin mancha de pecado sobre él, era la imagen de Dios. Podía caer, y cayó por la transgresión. Por causa del pecado su posteridad nació con tendencias inherentes a la desobediencia. Pero Jesucristo era el unigénito Hijo de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana, y fue tentado en todo sentido como es tentada la naturaleza humana. Podría haber pecado, podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal. Fue asediado por las tentaciones en el desierto, como lo fue Adán por las tentaciones en el Edén”.[4]
“Cristo no poseía la misma deslealtad pecaminosa, corrupta y caída que nosotros poseemos, porque en ese caso no podría ser una ofrenda perfecta”.[5]
“Pero que cada ser humano permanezca en guardia para que no haga a Cristo completamente humano, como uno de nosotros, porque esto no puede ser… Nunca dejéis en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción. Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin embargo él es llamado ‘el Santo ser’”.[6]
“No es correcto decir, como muchos escritores han dicho, que Cristo era como todos los niños. […] Él era Dios en carne humana. Cuando sus compañeros lo tentaron a hacer el mal, la divinidad se reflejó en la humanidad, y se negó decididamente”.[7]
Como es evidente, ni la Biblia ni Elena de White apoyan la interpretación de que Cristo habría tenido una naturaleza pecaminosa. Por obvias razones, White se basó en la Biblia para comprender la naturaleza divino-humana de Cristo. La naturaleza humana del Señor Jesús fue única.
¿Qué sostiene oficialmente nuestra Iglesia respecto de la naturaleza humana de Cristo? Nuestra Iglesia no adopta ni la postura prelapsaria ni la postlapsaria.
“Así, ‘la humanidad de Cristo no fue la de Adán; esto es, la humanidad de Adán antes de su caída. Tampoco fue la humanidad caída, esto es, la humanidad de Adán después de la transgresión, en todos sus aspectos. No era la humanidad original de Adán, porque poseía las debilidades inocentes de los seres caídos. No era la humanidad caída, porque nunca había descendido a la impureza moral. Por lo tanto, era en el sentido más literal nuestra humanidad, pero sin pecado”.[8]
2. La naturaleza del pecado
Las Escrituras presentan más de una definición de lo que es el pecado: primero, el pecado es un estado o condición; y, segundo, el pecado es una acción u omisión. Esto se revela en los siguientes textos:
Estado o condición
“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5).
“Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Sal. 58:3).
“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (1 Juan 1:8).
“Porque sabemos que la ley es espiritual; más yo soy carnal, vendido al pecado” (Rom. 7:14).
“De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Rom. 7:17-20).
Acción y omisión
“Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Stgo. 4:17).
“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).
“Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mat. 5:28).
Según las Escrituras, el pecado es un estado o condición, y tal condición es inherente a todo ser humano recién concebido, por una sencilla razón: las inclinaciones al mal se heredan de padres a hijos, y esto se evidencia en los siguientes textos:
“No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxo. 20:5)
“Jehová es tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable; que visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (Núm. 14:18).
Por supuesto, si el hijo opta por la resiliencia, las cosas pueden cambiar, tal como lo revela Ezequiel 18:19: “Y si dijereis: ¿Por qué el hijo no llevará el pecado de su padre? Porque el hijo hizo según el derecho y la justicia, guardó todos mis estatutos y los cumplió, de cierto vivirá”.
Como seres humanos, pecamos no solo porque tenemos ganas de hacerlo, sino porque nacemos con la naturaleza pecaminosa. Si hacemos algo malo o cometemos algún error, es porque esa es nuestra naturaleza intrínseca. No se puede reducir el pecado a un acto u omisión ni centrarse solo en lo externo, sino también en lo interno. Por eso, la Biblia nos invita a tener cuidado con nuestro corazón:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9).
“Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19).
Esa propensión para pecar es inherente al ser humano desde el vientre de su madre. Todo ser humano nace pecador; por ello, nace con naturaleza pecaminosa.
Hay algunas preguntas que tendríamos que plantearnos si aceptamos que el pecado es solo un acto:
- ¿Qué se haría con los textos bíblicos que revelan que el pecado no solo es transgresión de la ley, sino también un estado?
- Si el pecado solo es un acto, ¿eso quiere decir que la persona recién es pecadora desde que hace algo malo? ¿Voluntaria o involuntariamente? ¿Consciente o inconscientemente? ¿Desde cuándo comenzaría a pecar: desde los 5 u 8 años? Si el primer pecado lo cometió a los 5 años, ¿antes qué era o qué naturaleza poseía?
- Si el pecado se concibe únicamente como una acción, el concepto de “naturaleza pecaminosa” carece de validez, ya que el individuo incurre en pecado al cometer un acto ilícito, no por poseer una naturaleza intrínsecamente pecaminosa. En consecuencia, si el individuo no es pecador por naturaleza y, como ser humano, solo ha cometido un acto ilícito, es plausible que pueda dejar de pecar, precisamente por no poseer una naturaleza pecaminosa. Por lo tanto, no requeriría de un Salvador.
- En este contexto, Esteban Bohr ha propuesto la idea de que “no es pecado tener la naturaleza pecaminosa”. Si no constituye pecado poseer una naturaleza pecaminosa, cabe preguntarse: ¿qué se entiende por “naturaleza pecaminosa”? En esencia, Bohr sugiere que una mujer puede estar embarazada sin concebir ningún bebé.
¿Qué dijo Elena de White sobre el concepto de pecado? Léase:
“El pecado es un tremendo mal, que ha descompuesto todo el organismo humano, pervertido la mente y corrompido la imaginación. El pecado ha degradado las facultades del alma. Las tentaciones del exterior hallan eco en el corazón, y los pies se dirigen imperceptiblemente hacia el mal”.[9]
“La única definición del pecado es la que da la Palabra de Dios: ‘El pecado es transgresión de la ley’; es la manifestación exterior de un principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del gobierno divino”.[10]
En ambas declaraciones, White presenta el pecado como una acción externa que, a la luz de la Biblia, es la transgresión de la ley. Pero también lo presenta como algo interno e inherente al ser humano. Para ella, el acto pecaminoso en sí “es la manifestación exterior de un principio en pugna” a partir del estado pecaminoso interno de la persona. Como el pecado no solo es un acto, “ha degradado las facultades del alma”. Como es evidente, ella tuvo una comprensión bíblica de lo que es el pecado. Si bien es cierto que ella indicó que la única definición del pecado es “la transgresión de la ley”, también manifestó que dicho pecado es “la manifestación exterior de un principio” interno o una condición. Evidentemente, ella tenía una comprensión más amplia del concepto “pecado”.
¿Qué cree nuestra iglesia sobre la definición de pecado? Leamos:
“El pecado ya no se restringe sólo a los actos individuales, sino que se muestra como un estado del ser, controlando los mismos miembros de la persona humana (Rom.7:20, 23)… Una naturaleza corrupta y pecaminosa produce actos pecaminosos”.[11]
Oficialmente, el adventismo, basándose en la Biblia, sostiene que el pecado no solo es un acto, sino también un estado o una condición.
Corrección e imagen de portada: ChatGPT.
Referencias:
[1]De aquí en adelante, la cursiva en los textos bíblicos es para énfasis.
[2]Signs of the Times, 12 de septiembre de 1897.
[3]Manuscripts Release 201, 117.
[4]Carta 8, 1895.
[5]Manuscript 94, 30 de junio de 1893.
[6]Comentario bíblico adventista, trad. Víctor Ampuero (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 5:1103.
[7]“And the Grace of God was upon Him”, Youth’s Instructor, 8 de septiembre de 1898, 704-705.
[8]Creencias de los adventistas, 53.
[9]El ministerio de curación (Washington, DC: Ellen G. White Estate, Inc., 2012), 357.
[10]El gran conflicto (Washington, DC: Ellen G. White Estate, Inc., 2012), 484.
[11]Tratado de Teología adventista, 280.




